Conociendo mejor a... José Ramón Sandoval

Uno de esos técnicos que dejan huella allá donde entrenan.

Fernando Sebastián

Conociendo mejor a... José Ramón Sandoval
Conociendo mejor a... José Ramón Sandoval

Una fecha: 23 de mayo de 2010. Un gol de Borja García en Hospitalet en el minuto 90, me permitió seguramente ser profesional del fútbol. Ese gol, ese ascenso del Rayo B, cerró el círculo de un sueño que tenía desde que daba patadas al balón por los prados de Humanes (Madrid), mientras mis padres regentaban un negocio familiar de comidas.

4 años en Vallecas y 2 ascensos. Subí con el filial de 3ª a 2ªB y con el primer equipo de Segunda a Primera División. Tuve la suerte de ser protagonista directo del “Tamudazo”, un gol que llevó al éxtasis a la parroquia vallecana en el alargue contra el Granada en mayo de 2012. Casualidades de la vida, al Granada he vuelto para conseguir la permanencia.

Hombre de ascensos. Ya subí al Parla, metí al Getafe B en playoff, dejé al Rayo 'B' 5º en Tercera, más una final de la Copa Federación o el primer ascenso a 2ª B en la historia. Mi carrera en los fogones junto a mis hermanos dio un giro brusco cuando los Ruiz Mateos apostaron por mí.

Tres palabras, siempre las mismas, y una forma de ser. Trabajo, trabajo y trabajo. De Madrid a Gijón y de allí al crudo paro hasta que el Granada me permitió luchar por la salvación. Era difícil, pero lo conseguimos. El tiempo que pasé en Los Cármenes me devolvió la sonrisa y las ganas de seguir siendo importante en el fútbol.

Michu, Diego Costa,  Movilla... Por mis manos han pasado nombres que se convirtieron en hombres. Ha sido un orgullo poder entrenar a gente que luego ha sido tan importante en el fútbol.

Hombres de confianza. Siempre he tenido a mi lado a Ismael Martínez como segundo entrenador y a Nacho Sancho al mando de la preparación física. Han sido fieles tanto en aquella lejana ya 3ª División madrileña como en las mieles del éxito de Vallecas, el trago amargo de la despedida en Gijón o ya en el Granada.

Lejos quedan los Aquarius. Los llevábamos en el maletero para que los chicos del Rayo B tuvieran algo fresquito al terminar de entrenar en el césped artificial donde varios se dejaron casi su carrera o las mañanas en campos de Tercera con la única compañía de algunos familiares.

Héroe tantas veces, diablo en la menos. Si en 'Vallekas' no se sufre las cosas no saben a nada. Nunca vi llorar a tanta gente de felicidad en mi vida. Similar sentimiento tuve al llegar al Granada sabiendo la situación a la que nos enfrentábamos.

A veces no he sido ni padre ni marido. Por desgracia el fútbol no es solo alharacas y golpes de pecho. Mis hijas y mi mujer son como columnas pétreas que lo aguantan todo, al Sandoval a hombros y al que llega a casa y no puede ni hablar.

El Rayo ha sido todo para mí. Me alegro de verle en Primera y de que vaya consiguiendo objetivos. Sé lo que es querer a ese club. Tengo que estarle eternamente agradecido, tanto a la entidad como a la afición. Todos los entrenadores deberían empezar por un Rayo Vallecano.

Sin razones. No me dieron ninguna cuando me dijeron que no seguía en el Rayo. Aquello me sirvió para hacerme más fuerte y para aprender de cara al futuro.

Mis sueños. Me gustaría algún día entrenar al Athletic de Bilbao, al Osasuna… Me gustan porque detrás existe un sentimiento, como en el Rayo. A mí eso me gusta.

Me retiré por una lesión. Jugué en categorías importantes hasta que una grave lesión de rodilla cuando jugaba en los juveniles del Ciempozuelos me hizo parar. Me operé, pero la rodilla no quedó bien. Eso sí, soy incapaz de no estar sin andar horas y horas al día y trotar un rato para preparar cada año la San Silvestre Vallecana.

Hogareño hasta la extenuación y madrileño por los cuatro costados. De Humanes, para que no se enfade nadie. Allí dejé más de 40 años de negocio familiar. Primero el negocio de mis padres y luego esa estrella Michelín del Coque de mi hermano Mario.