El peor equipo del mundo

La consecuencia más llamativa de la globalización futbolística es poder ver enfrentados a profesionales de élite con aficionados cuyo nivel apenas alcanzaría para jugar en un torneo de empresas. Esta es la historia de la única alegría de un equipo acostumbrado a convivir con la derrota.

Enrique Marqués

El peor equipo del mundo
El peor equipo del mundo

En el año 301 Marinus el Dálmata (San Marino) fundó el que está considerado como el Estado soberano más antiguo del mundo. Huyendo de las persecuciones de Diocleciano, abandonó Roma y encontró protección en el norte -al abrigo del monte Titano- y allí se estableció. Se trata de un lugar discreto. Situado a muy pocos kilómetros del Adriático aunque sin salida al mar, una desventaja comercial importante pero todo un tesoro para quien se esconde.

San Marino es uno de esos enclaves mágicos a los que la historia ha respetado y cuidado de manera casi inexplicable. Sólo fue invadida tres veces en 17 siglos, la última en la Segunda Guerra Mundial. A día de hoy apenas supera los 35.000 habitantes, que ocupan con holgura algo más de 60 kilómetros cuadrados.

Como latinos que son, el fútbol les caló igual de rápido que a sus hermanos italianos, con la salvedad de que la economía de su pequeño paraíso jamás alcanzó para que nadie pudiera vivir del juego. San Marino asumió su inexistencia futbolística durante décadas con la misma solemnidad con la que asumió tantas otras carencias. Además, la escasa distancia que separa la Ciudad-Estado de Cesena, Rimini o Florencia ha permitido, a quienes lo han deseado, disfrutar del fútbol de primer nivel.

En la década de los ochenta, poco después de que Italia se proclamara campeona del mundo en España, San Marino decidió que su fútbol debía tener voz propia en el concierto internacional. Realmente la Federación de Fútbol existía desde 1932, pero no tuvo selección nacional hasta 1986.

En 1988 fue por fin aceptada en UEFA y FIFA como Federación de pleno derecho e incluida en el calendario internacional para las fases de clasificación de Copas de Europa y del Mundo. Dos años después, el 14 de noviembre de 1990, San Marino disputó el primer encuentro oficial de su historia. Fue un partido de clasificación para la Eurocopa de Suecia de 1992. El rival fue Suiza y San Marino cayó por cuatro goles a cero.

A LA COLA DE LA COLA

Si bien entraba dentro de lo lógico, pocos podían imaginar entonces que la recién nacida e ilusionada selección de San Marino no ganaría ninguno de los partidos que iba a disputar en los siguientes tres lustros.

La consecuencia sólo podía una: San Marino cayó al último puesto en el ranking de la FIFA. De 202 países afiliados, se hundió como si fuera un ancla hasta el puesto nº 202. Ni la entrada paulatina de nuevos miembros, por exóticos que estos fueran, aliviaba su posición. Sólo había sumado un punto en su historia, en un inesperado empate sin goles ante Turquía en 1993, en un partido de clasificación para el Mundial de Estados Unidos de 1994 en el que los otomanos debían haberse peleado con alguna deidad porque tiraron a puerta mil veces y no consiguieron que entrara ninguna. La novata selección ni siquiera había conseguido imponerse en los escasos partidos amistosos que disputaba, toda vez que su nulo caché y su deficiente nivel futbolístico la excluían de facto del circuito internacional.

Según pasaron los años, San Marino pasó a ver el fútbol casi más como un castigo que como un premio, y centró sus esfuerzos e ilusiones en el mundo del motor, donde las alegrías no se cotizaban tan caras. Después de todo, no es fácil encontrar la diversión en un juego cuando la única incógnita en los días de partido es saber cuántos goles vas a recibir.

En 1998 se hizo cargo del equipo nacional Giampaolo Mazza, un exfutbolista genovés amateur cuya carrera había consistido básicamente en un peregrinaje por las categorías regionales italianas. Relevaba en el cargo a Massimo Bonini, la figura más importante del fútbol sanmarinés de los últimos cincuenta años, según designó la propia federación.

Mazza tenía la nacionalidad y era peleón pero, sobre todo, tenía la dosis de insensatez necesaria como para no perder la moral a pesar de no ganar nunca. Con el compromiso de no utilizar jugadores nacionalizados como bandera, Mazza trató de elevar el nivel competitivo del combinado de San Marino, algo que también sucedió a base de enfrentarse continuamente con selecciones superiores.

POR FIN UN ‘RESPIRO’

Poco más de dos años después de la llegada de Mazza, la selección de San Marino iba a repetir la ‘hazaña’ de 1993, hasta entonces la única alegría de su corta historia. El 25 de abril de 2001, en Riga, San Marino jugó frente a Letonia un encuentro valedero para la clasificación del Mundial de Japón y Corea y logró un histórico empate a uno. Habían pasado ocho años desde aquel primer empate contra los turcos, pero en este caso fue a domicilio y encima marcando un gol, nada menos.

Al tanto inicial letón, que no hizo suficiente justicia a las muchísimas ocasiones locales, respondió en la segunda parte Nicola Albani con un remate de cabeza en plancha, alcanzando un balón que parecía marcharse tras un centro cruzado. San Marino había cazado el empate. Había que conservar el botín. Los últimos diez minutos de partido fueron un recital del portero Federico Gasperoni, que realizó cuatro paradas a bocajarro que evitaron el tanto que hubiera dado la victoria a Letonia.

Aquel empate fue celebrado como si de un título se tratara. Mezza reconoció “la importancia de sentirse competitivo de vez en cuando y de saber que se puede pelear con equipos teóricamente superiores”.

Sin embargo, el empate en Riga fue un espejismo. Los siguientes años apenas permitieron una leve sonrisa, aunque esa mueca iba a quedar grabada para siempre en los libros de historia de la ciudad que fundó Marino el Dálmata en el año 300.

NO HAY MAL QUE CIEN AÑOS DURE

Esta frustrante historia de pelea sin premio tuvo efectivamente un día de tregua. Un solo día en el que los inflexibles dioses del fútbol se tomaron un descanso y permitieron que San Marino supiera qué se siente al ganar, algo hasta entonces desconocido. Ese guiño del destino tuvo lugar el 28 de abril de 2004. Casi el mismo día en el que tres años antes habían empatado contra Letonia.

De los nueve municipios de San Marino, el más poblado y donde se centra la actividad futbolística es Serravalle. Allí está el Stadio Olimpico -a pesar de su grandilocuente nombre, apenas tiene capacidad para 7.000 espectadores- y allí se produjo todo. En la jornada destinada por FIFA para encuentros internacionales, el conjunto de Giampaolo Mazza había pactado un amistoso contra Liechtenstein, que suponía la devolución de la visita que unos meses antes San Marino había realizado al pequeño principado escondido entre Suiza y Austria y que había terminado en empate a dos goles. Entre iguales se entiende que las ofensas, de llegar, son menores y hacen menos daño.

Al encuentro acudieron 700 espectadores, lo que permite hacerse una idea de la escasa pasión que el combinado de la ‘Serenissima Repubblica’ y sus homónimos de Liechtenstein habían despertado en la parroquia local. Hete aquí que en el minuto seis de partido, en una jugada de estrategia, Andy Selva, el jugador más importante de la historia de la diminuta república de San Marino, marcó un golazo por la escuadra que adelantaba a su equipo.

Liechtenstein, que estrenaba a Martin Andermatt como seleccionador, apenas llegó a la meta de Gasperoni en la primera parte. Según fueron pasando los minutos y se alcanzó el ecuador de la segunda parte con el marcador reflejando aún la victoria de San Marino, aparecieron los nervios. Andy Selva quería todos los balones. Su jerarquía en aquel equipo era casi mayor que la del técnico. Llegó incluso a ver una tarjeta amarilla por simular un penalti, algo inhabitual en el contexto de un partido amistoso…

Sucede que aquel partido ya no tenía nada de amistoso. Apenas diez minutos separaban a San Marino de la primera y única victoria de su historia. ¡Como para bromear estaba el asunto! Mazza daba instrucciones desde la banda que nadie entendía y que únicamente obedecían a su necesidad de calmar los nervios, y los jugadores no sabían si era mejor atacar y buscar un hipotético segundo gol o quedarse atrás y guardar como oro en paño el gol que había logrado Selva. Liechtenstein tampoco empujó como lo hizo España ante Malta en el famoso 12-1 y los minutos se fueron sin que pasara absolutamente nada reseñable… que no fuera el final del partido.

Lo que nunca había ocurrido pasó aquel 28 de abril y lo vieron apenas seiscientos espectadores que aguantaron hasta el final en la oscura y fría noche de Serravalle. Los jugadores se abrazaban como si fuera Navidad, como si no se lo creyeran aún. Contaba Alex Gasperoni –hermano del guardameta- que no sabían muy bien qué cara poner. ¡¡¡Habían ganado un partido!!! No contaba para ninguna fase clasificatoria pero daba igual. Por fin podían experimentar una sensación desconocida en 'La Serenissima' hasta entonces: ¡ganar!

La victoria fue celebrada y saboreada durante días. Las entrevistas al seleccionador se sucedieron en todos los medios de comunicación, que encontraron en aquella victoria la contracrónica al fútbol de primer nivel. Sin embargo, la consecuencia más valorada fue que ese partido permitió a San Marino abandonar el farolillo rojo de la lista de la FIFA y ascender por encima del puesto 200. No hay nada que consuele más a un pobre que ver a alguien aún más pobre. Y así San Marino disfrutó de su pequeña migaja como si fuera un manjar.

LA VUELTA A LA CRUDA REALIDAD

La único malo de aquella fiesta de 2004 es que fue tan efímera que algunos tienen problemas incluso para recordarla. Después de ese partido, San Marino no volvió ni a ganar ni a empatar un encuentro, ya fuera oficial o amistoso, hasta el año pasado. Más de una década de derrotas que sumar a la interminable lista de debacles. Así, la hoja de servicios de Mazza como seleccionador –cargo que abandonó en 2013- muestra un total de 76 partidos dirigidos con un saldo de 75 derrotas y un empate, aquel frente a Letonia en 2001.

En la actualidad, la selección de San Marino ocupa el puesto 196 de 209 selecciones inscritas en FIFA. Tiene casi una quincena de países por debajo y la posibilidad de escalar una docena de posiciones más a poco que tenga algo de fortuna, aunque para ello va a requerir de otra noche mágica. Va a necesitar una nueva victoria, y esta vez, en partido oficial.

El peor equipo del mundo es un calificativo que ya no va con ‘La Serenissima República’ de San Marino.   

LOS HOMBRES CLAVE DE SAN MARINO

A pesar de su modestia, San Marino también tiene sus héroes. En un entorno en el que no hay más de mil fichas de jugadores federados, las limitaciones son obvias, aunque hay alguna sorpresa. Massimo Bonini fue jugador de la Juventus. Con la ‘Vecchia Signora’ ganó la Copa de Europa de 1985 y varios Scudettos. Jugó con Italia en categorías inferiores, pero cuando FIFA y UEFA aceptaron a San Marino como miembro de pleno derecho, pudo por fin jugar con su país, del que posteriormente sería nombrado seleccionador. Bonini fue elegido hace unos años como el jugador más importante del último medio siglo de San Marino.

Además de Bonini, la estrella de las últimas dos décadas tiene nombre propio: Andy Selva. Nacido en Roma, aunque con doble nacionalidad desde niño, Selva (‘La Fiera’) es el jugador que más partidos internacionales ha jugado con San Marino y su máximo goleador histórico con ocho dianas. Fue jugador del Padova del Sassuolo y del Verona, entre otros.

A pesar de sus 41 años, Selva sigue jugando con su selección. Sin ir más lejos jugó -y por supuesto como titular- en octubre frente a Eslovenia. Además, en San Marino es habitual ver a familias ligadas al equipo nacional. Varias parejas de hermanos han destacado en los treinta años de historia del combinado celeste como los Gasperoni o actualmente los Simoncini.

LOS DESGARRADORES NÚMEROS

Para hacerse una idea clara del duro discurrir de la selección de San Marino por el fútbol internacional basta con echarle una mirada a algunos de los números de su trayectoria. De los 126 partidos contabilizados hasta noviembre de 2015 que en total ha jugado San Marino, la relatada anteriormente frente a Liechtenstein en un amistoso en 2004 es la única victoria de su historia. El resto lo completan cuatro empates, ante Turquía, Letonia, Liechtenstein y Estonia (el último en 2014) y 121 derrotas.

De esas 121 derrotas, sólo 16 fueron por diferencia de un gol. Del resto, la gran mayoría son goleadas. En 23 ocasiones recibió 7 o más goles. De los últimos siete años datan las escandalosas goleadas ante Ucrania (0-9), Polonia (10-0) y Holanda (11-0), aunque la mayor derrota en partido oficial sigue siendo el 13-0 que le endosó Alemania en 2006.

El promedio de goles en contra está cerca del 5, mientras que sólo en dos ocasiones en su historia (frente a Lichtenstein en un 2-2 y frente a Malta en un encuentro en el que cayeron 2-3) consiguieron marcar más de un gol.

Sin duda, ni el seleccionador ni su cuerpo técnico deben ser muy amigos de consultar las estadísticas.