El penalti de Esnaola

Uno de los artífices de la conquista del primer título de campeón de España del Real Betis Balompié. Puede parecer injusto que una carrera tan exitosa y plagada de méritos quede reducida a una sola anécdota o a un simple lance del juego, pero hay historias que trascienden lo futbolístico y la siguiente es una de ellas.

Enrique Marqués

El penalti de Esnaola
El penalti de Esnaola

José Ramón Esnaola (Andoáin, 1946) se hizo futbolista con dieciocho años. Antes jugaba en su pueblo, hasta que la Real Sociedad le fichó y el fútbol pasó a ser su vida. Dejó la fábrica de armas de Andoáin donde trabajaba para formar parte de la primera plantilla del conjunto donostiarra, que estaba en Segunda División.

Allí escribió Esnaola la primera parte de su historia. Ocho temporadas y más de doscientos partidos que le auparon a la nómina de los mejores porteros de España. Es posible que aún estuviera en la Real Sociedad de no ser porque el Betis decidió romper la hucha en 1973 y llevarle a Sevilla.

Esnaola tenía 26 años y aceptó marcharse al conjunto verdiblanco, que estaba en Segunda aquella temporada. Fue el traspaso más caro de la historia del Betis. Doce millones de pesetas que con el tiempo serían bien amortizados. Estuvo en el conjunto bético más de lo que seguramente pensó en aquel verano de 1973. Doce años como futbolista –se retiró a los 38- y tres décadas más en diferentes funciones; desde entrenador a preparador de porteros.

De todo ese tiempo, uno de los momentos más recordados es cuando llevó a ‘su Betis’ a conquistar la primera Copa del Rey de su historia. Fue en 1977. En Madrid. En el Vicente Calderón. Allí jugaron ante el Rey Juan Carlos  Betis y Ath. Bilbao. Jugaron, jugaron y jugaron pero no ganaba nadie.

Antes del primer cuarto de hora marcó Carlos para el Ath. Bilbao. Carlos era un nueve de los de antes. De esos que parecían fabricados en Alemania. Remataba lo que le tirasen, fuera un balón o no. En el minuto 45 empató López, un centrocampista cántabro que estuvo una década en el Betis y que acompañaba bien a Cardeñosa.

No se movió más el marcador hasta que García Carrión pitó el final del partido. Eso había que arreglarlo: a la prórroga. A los siete minutos del primer tiempo de la prórroga marcó Dani para el Athletic. Parecía que la Copa se iba para Bilbao, pero, de nuevo López, a tres minutos del final del tiempo añadido estableció el empate que mandaba la final a los penaltis.

Aquello tenía pinta de acabar de forma épica y así iba a ser. Esnaola e Iribar solos ante el peligro. Sucede que Esnaola, aunque guipuzcoano y de la Real de toda la vida, admiraba y veneraba la figura de Iribar. No sólo por ser el último gran exponente de entonces de la mítica escuela de porteros vascos, sino por sus increíbles condiciones y su tremenda personalidad.

Iribar tenía ya 34 años. Aún aguantaría tres temporadas más en activo, pero estaba en el ocaso de su carrera, mientras que Esnaola llevaba tres campañas en el Betis y estaba en plenitud.

La tanda de penaltis fue eterna. Casi un partido en si misma pero con todo el mundo de los nervios. Veinte minutos de pasión y lágrimas que iban y venían de un banquillo a otro.

El sorteo dictó que la grada detrás de la portería en la que se lanzaron los penaltis estuviera mayoritariamente ocupada por seguidores del Athletic Club. Eran tiempos en los que se iba al fútbol con banderas de considerable tamaño y en cada acción favorable a los vizcaínos el fondo se tornaba rojo y blanco de inmediato.

A pesar de que se necesitaron veinte lanzamientos para decidir  quién se llevaba el trofeo, la tanda fue más exitosa de lo que muchos recuerdan. Ambos equipos marcaron cuatro de los cinco lanzamientos. Curiosamente ambos fallaron en el momento más decisivo: el quinto lanzamiento.

Por parte del Betis, y por este orden, marcaron García Soriano, Del Pozo, López y Biosca. Mientras, el Ath. Bilbao mantuvo el pulso con goles de Guisasola, Txurruka, Eskalza e Irureta.

Quedaban por lanzar los mejores especialistas de cada equipo, que tradicionalmente se guardaban el último turno. Una vez más, primero el Betis.

Hacia allí se dirigió Cardeñosa, que colocó el balón despacio, disparó e incomprensiblemente falló. Había engañado a Iribar pero el esférico se marchó fuera por el palo contrario. Todo parecía sentenciado. Los jugadores béticos se llevaban las manos a la cabeza. Cardeñosa se quería morir. Inconsolable, ni siquiera quería ver el desenlace final. La zona cercana al banquillo andaluz mostraba una imagen desoladora. Jugadores béticos desperdigados, muchos tirados boca abajo, otros llorando, hundidos en definitiva.

Le tocaba tirar al Athletic y ahí estaba Dani. Si algún jugador de ambas plantillas era especialista desde el punto de penalti era Dani. Dani no fallaba nunca. Dominaba la suerte de 'la paradiña' como nadie. Era capaz de arrancar y detener la carrera varias veces hasta conseguir que el guardameta rival se venciera para entonces aprovechar la ventaja. Dani era un francotirador. Un profesional del penalti.

La afición rojiblanca ya festejaba. Banderas al viento y cánticos con olor a gabarra. Dani colocó el balón con mimo. La Copa estaba en su bota derecha. Amagó, paró, arranco de nuevo y volvió a parar y finalmente lanzó. Pero…¡horror! Esnaola no sólo no había caído en el engaño sino que había adivinado la dirección del flojo disparo. Todo volvía a estar como al principio.

Era noche cerrada ya en aquel 27 de junio y no había ganador. La final seguía sin dueño. Se habían jugado los noventa minutos, las dos partes de la prórroga y hasta se habían lanzado diez penaltis y no había ganador. Los reporteros entrevistaban a los jugadores sobre el césped mientras se elegía a los nuevos lanzadores. Cosas de la época.

Tocaba seguir pero ya sin red. Marcaron Sabaté para el Betis y Amorrortu para el Ath. Bilbao. De nuevo el drama. Falló Alabanda. Otra vez el Athletic tenía la gloria a un lanzamiento. Si marcaba Villar –el actual presidente de la Federación- la Copa se iría una vez más a Bilbao.

Villar estaba incómodo. No quería estar allí ni sabía evitar que se notara. Colocó el balón rápido y cuando se alejaba para coger carrerilla, se dio la vuelta con celeridad, como si quisiera acabar cuanto antes con esa dramática situación para ambos. Lanzó sin pensar y de nuevo Esnaola se hizo gigante y detuvo el balón. Por segunda vez en pocos minutos el Athletic desperdiciaba la ocasión de ser campeón. El gesto torcido en casi todos los jugadores rojiblancos apuntaban claramente en la misma dirección: la cosa no pintaba bien.

Entonces cogió la pelota el propio Esnaola. No se trataba de la habitual liturgia en la que los porteros buscan alguna pista oculta o ganar confianza a través del tacto con el cuero. Era para lanzar él. Se trataba del octavo penalti de la tanda. Y allí fue como si lo hiciera cada mañana. Pierna derecha, no muy fuerte pero colocado y gol. Iribar se cruzó con él al abandonar la portería y, mientras chocaban sus manos, Esnaola le pidió disculpas por haberle marcado un gol. Era una mezcla de respeto, compañerismo y vergüenza por haber acaso violentado al ídolo.

A continuación marco Alexanko y devolvió la igualdad. Los 70.000 espectadores que abarrotaban el Vicente Calderón no se lo creían. Aquello era interminable. Después marcó Eulate para los verdiblancos y llegó el turno de Rojo, uno de los extremos más finos de la larga lista de los que jugaron en el Athletic. Disparó a la izquierda de Esnaola y éste detuvo de forma fantástica. ¡El Betis era el campeón!... O eso parecía. Incomprensiblemente, Garcia Carrión, cuando ya todo el beticismo se abrazaba, aceptó la queja de Rojo y ordenó repetir el lanzamiento esgrimiendo que Esnaola se había movido antes del disparo. Se formó un lío descomunal. Nadie lo entendió entonces y nadie lo entendería hoy, pero sucedió y Rojo marcó a la segunda. Había que continuar.

Casi no quedaban jugadores por tirar. Cogió el esférico el bético Bizcocho y lo colocó con parsimonia. Balón a media altura y gol. En plena borrachera de emociones y de tensión le tocaba lanzar a Iribar. Ahí estaba ‘El Chopo’. Frente a frente con un portero de su escuela que vestía de negro, igual que él, y que no estaba dispuesto a marcharse sin la Copa.

Iribar miró, pensó y chutó raso a su derecha -la izquierda de Esnaola- que voló como había hecho con el primer tiro de Rojo y atajó un balón que valía un título: la primera Copa de España para el Betis en su historia. Esta vez sí era el final.

Cardeñosa volvió a llorar, aunque ahora de alegría, y todos se abrazaron a Esnaola. Suya fue la tanda de penaltis. Suyas las principales acciones que llevaron ese título hasta Sevilla y suya la gloria de aquella noche loca.

Hoy ese héroe es un jubilado al que apenas reconocen por la calle muchos de los que van habitualmente al Benito Villamarín. Se cruzan con José Ramón Esnaola sin saber que ha escrito la historia del Betis durante cuarenta años y que una noche de junio recién llegada la democracia fue la estrella de la final más emocionante que recuerdan los tiempos. La noche en la que Esnaola le ganó una copa a Iribar.