La maldición de Berna

La final de la Copa de Europa de 1961 -la primera sin el Real Madrid- pasó a la historia como la final de los postes cuadrados. El Barça, que parecía destinado al título, cayó de forma inesperada ante el Benfica después de mandar cuatro balones al palo. Más de medio siglo después, puede explicarse claramente que el infortunio fue más allá de los postes.

Enrique Marqués

La maldición de Berna
La maldición de Berna

En el verano de 1958 el Real Madrid dominaba el fútbol europeo con Di Stéfano como mascarón de proa. El Barça lo había hecho un lustro antes, con aquel equipo 'de las cinco Copas' de 1952 en el que estaban César, Moreno y Manchón. El presidente Miró Sans –el primero en ser reelegido por los socios en la historia culé- necesitaba dar un impulso al proyecto deportivo después de haber centrado su anterior mandato en la tortuosa construcción del Camp Nou, Para tratar de alcanzar el nivel competitivo del Real Madrid, realizó tres incorporaciones y las tres fueron un acierto. La primera, el técnico: Helenio Herrera.

Después, a instancias de Kubala, se lanzó a una magnífica aventura que determinaría los acontecimientos de los años posteriores. Llegaron dos de los 'Magical Magyars”, sobrenombre con el que se conocía en toda Europa al equipo húngaro que había cambiado el concepto del fútbol moderno años antes, y que habían huído de Hungría tras la ocupación soviética en 1956. Más que huir, tanto Zoltan Czibor como Sandor Kocsis, lo que hicieron fue no volver, ya que el aplastamiento de la revolución húngara les pilló jugando con el Honved un partido de Copa de Europa contra el Ath. Bilbao.

Después de la caótica gira que la FIFA organizó para recaudar fondos –sólo se trataba de ayudar a los exiliados que no habían regresado a Budapest-, Czibor recaló en Roma y Kocsis en Suiza, concretamente en el Young Fellows, predecesor del actual Young Boys. Habían conseguido sacar a sus familias de Hungría de forma clandestina y fue entonces cuando Miró Sans logró convencer a ambos.

Pocas semanas después de que el Madrid levantara su tercera Copa de Europa en Milán, Czibor y Kocsis firmaron por el club blaugrana para acompañar a Kubala y tratar así de acabar con el reinado blanco. Nada más llegar, el Barça dio un salto de calidad importante. Ganaron dos Ligas de forma consecutiva al hasta entonces imbatible equipo de Di Stéfano y una Copa ante el Granada.

Un año después llegaría el turno de disputar la Copa de Europa y ahí las cosas no iban a ir tan bien. En 1960 cayeron eliminados ante el Real Madrid, que posteriormente sería campeón por quinta vez. Esa derrota le costó el puesto al argentino Helenio Herrera, al que Miró Sans cesó tres días después. Sin embargo, el bloque se mantenía, los húngaros seguían maravillando y un gallego genial llamado Luis Suárez daba recital tras recital. Había que seguir intentándolo.

LA FINAL DEL 61

En 1961, dos temporadas después de que Miró Sans hubiera viajado a por los 'Magical Magyars" y durante las cuales el Real Madrid había conquistado otros dos títulos europeos, el F.C. Barcelona iba a tener la ocasión de aspirar a la gloria deseada. A pesar de que el año a nivel doméstico no había sido bueno, el Barça logró eliminar al conjunto merengue en primera ronda de la Copa de Europa, algo que nadie había conseguido desde que se creó la competición. Los culés finalmente se plantarían en la final de la máxima competición continental tras dejar fuera en semifnales al Hamburgo, el otro claro aspirante. El éxito no podía estar más a mano.

Suárez acababa de ser elegido mejor jugador de Europa y, aunque le había fichado el Inter de Milán, cuyo entrenador era Helenio Herrera, el Barça podía afrontar el mayor reto de su historia aún con él y como claro e indiscutible favorito. Kocsis, Czibor, Kubala, Suárez y el brasileño Evaristo parecían demasiado para el Benfica, que acudía sin Eusebio y como clara víctima propiciatoria. Nadie, ni siquiera en Portugal, daba un céntimo por una victoria lusa ante el poderoso Barça de los 'Magiares Mágicos'.

Pero, como afirmó en su día Woddy Allen, el fútbol escribe guiones que no se le hubieran ocurrido al mismísimo Hitchcock. Lo que estaba por pasar iba a ser el mejor de los ejemplos.

El escenario fue el Wankdorf-Stadion de Berna, donde en apenas tres décadas de existencia sólo se había jugado un partido relevante: la final del Mundial de Suiza de 1954. Había sido siete años antes, pero en la memoria de las principales estrellas blaugranas, Czibor y Kocsis, estaba aún muy presente. Y es que en dicha final, la mejor selección húngara de la historia perdió de forma inexplicable todo un título del mundo ante Alemania Federal, a la que había batido por 8-3 en la primera fase. La remontada germana fue calificada con acierto como "El milagro de Berna". Aún a día de hoy se hace difícil explicar cómo aquel equipazo, que llegó a ir ganando 2-0 a los alemanes a los diez minutos de partido con goles de Puskas y Czibor, pudo perder esa final.

En cualquier caso, el encuentro ante el Benfica comenzó como todos esperaban, con Kocsis adelantando al Barça en el minuto 20. El triunfo parecía encaminado, pero a la media hora de partido apareció como decisivo un protagonista del que poco se esperaba en aquella fiesta: Ramallets. El mítico portero del F.C. Barcelona vivió su peor día de corto y en dos fallos incomprensibles en el transcurso de dos minutos, regaló dos tantos que pusieron al Benfica por delante y dejaron a todos los asistentes, jugadores del Barça incluidos, con la boca abierta y sin capacidad de reacción.

Llegó el descanso y nadie daba crédito. Suárez, quizá con la mente en otro sitio, no brillaba como se esperaba. Kubala tampoco –se ocultó que estaba lesionado- y Czibor parecía presa del pánico por el recuerdo de la final del 54. A poco de iniciarse el segundo tiempo llegó el tercer tanto lisboeta en un disparo lejanísimo del mozambiqueño Coluna. Otro golpe del azar, ya que Coluna tenía la nariz rota desde el minuto 8 de partido y por no querer arriesgarse a buscar un remate de cabeza, se quedó fuera del área en el lanzamiento de una falta y le cayó el balón en el rechace, desde donde lanzó su misil. Eso no se lo creía nadie. El omnipotente Barça de Suárez y Evaristo estaba cayendo con estrépito en el último y único obstáculo en el que nadie pensaba que podía tropezar.

Desde ahí hasta el final los culés sacaron la raza. Ni fútbol ni gaitas. Ataque total sin orden ni plan alternativo que no fuera nivelar el desastre. Es en ese instante cuando aparecieron los palos. Hasta en cuatro ocasiones impidieron el gol azulgrana. Especialmente en una jugada de Kubala en la que el balón golpeó el palo derecho de la meta portuguesa, viajó sibilinamente hasta chocar con el poste izquierdo y salió escupido hacia adelante para morir mansamente en manos del portero Pereira.

Luego Czibor logró el segundo para el Barça, pero no iba a servir para nada, como le había sucedido al ágil y hábil volante húngaro siete años antes frente a Alemania.

EN SHOCK

El Barça perdió la final y la ocasión de conquistar su primera Copa de Europa, que tendría que esperar treinta años más.

Al término del partido, los azulgrana estaban hundidos, pero dos de ellos quedaron en estado de shock. Habían metido un gol cada uno pero no había alcanzado para conseguir la deseada copa. Czibor y Kocsis ya habían vivido la misma situación, con los mismos precedentes y la misma crueldad siete años antes. El mismo estadio y hasta el mismo vestuario. Czibor declaró aquel terreno de juego como maldito para todos los húngaros. Había que creer en brujas. Tanta casualidad era imposible.

'La maldición de Berna' pudo con todos. Aquel equipo que había sido capaz de apartar de su competición fetiche al Real Madrid, saltó por los aires como un arsenal al que le cae un petardo. De hecho, el Barça tardaría tres lustros en volver a ganar una Liga, por lo que estuvo desaparecido de la máxima competición europea durante todo ese periodo.

Suárez se marchó a Italia nada más acabar el partido junto a Herrera, mientras que Ramallets y Kubala se retiraron (aunque Kubala volvería a jugar años después) y Czibor dejó el club. Miro Sans ya había dimitido dos meses antes. Unos días después de la final hubo elecciones, que ganó Llaudet.

Ahora, medio siglo después, resulta interesante enumerar la cantidad de circunstancias que tuvieron lugar y que aceleraron el final de un ciclo que nunca debió concluir así.

Quién sabe si a modo de desagravio, desde aquel día, la FIFA desterró los postes cuadrados para adoptar la actual forma redonda, como si con ello se diera validez a alguno de los remates que los palos escupieron en el maldito Wankdorf-Stadion.

LAS 'MEIGAS' DE BÉLA GUTTMANN

Hoy en día la mayoría de aficionados al fútbol han oído hablar de 'la maldición de Béla Guttmann', quien al ser despedido del Benfica tras pedir un aumento de sueldo en 1962, cuando conquistó su segunda Copa de Europa consecutiva, pronosticó que el club lisboeta “nunca ganará una copa en Europa sin mí”.

Pero lo que resulta menos conocido para el gran público es que este austrohúngaro nacido en Budapest era un auténtico fanático de la superstición y lo sobrenatural. Creía que lo esotérico influía en el fútbol de tal forma que le dedicaba a ese tipo de detalles casi el mismo tiempo que al juego en sí. Cuando el Benfica se clasificó para la final de 1961 tras eliminar con polémica al Rapid de Viena, sabedor de que el estadio de la final sería el Wankdorf-Stadion de Berna y que el rival, el F.C. Barcelona, era tan favorito como lo había sido Hungría ante Alemania Federal en 1954, reclamó que el Benfica se concentrara en la pequeña localidad de Spiez, la misma que acogió a Alemania durante el Mundial suizo. Es más, Guttmann exigió hospedarse en el mismo hotel que los alemanes. Cuando el responsable del Hotel Eden de Spiez les comunicó que no disponía de suficientes habitaciones libres, Guttmann ofreció cuantiosas sumas a los huéspedes para que dejaran sus habitaciones y así pudiera quedarse el Benfica en el mismo lugar donde Alemania pernoctó antes de dar el campanazo ante los 'Magical Magyars' de Puskas, Kocsis y Czibor.

Otro detalle curioso lo protagonizó Germano de Figueiredo, defensor central del Benfica que quiso afeitarse su poblado bigote después de que en la semifinal ante el Rapid le tiraran de él en repetidas ocasiones, pero Guttmann se lo prohibió. Lo más curioso es que el resto de compañeros, habituados a las extravagancias de su técnico, apoyaron la decisión, así que Germano se quedó con el bigote.

SUÁREZ CON UN PIE FUERA

Uno de los principales bastiones de aquel Barça era Luis Suárez. Había sido elegido mejor jugador de Europa en 1960. La insistencia de Helenio Herrera, con el que había coincidido los dos años anteriores en el cuadro azulgrana, terminnó por arrancarlo de Barcelona para llevárselo a Milán. Fue el traspaso más caro de la época: 250 millones de liras.

Desde que su conoció el fichaje, Herrera le decía a Suárez cada vez que tenía ocasión que tuviera cuidado con lesionarse. Medio broma medio en serio, el argentino estaba más pendiente de llevárselo de una pieza que del reto que afrontaba Suárez con el Barça.

Helenio Herrera no quiso dejar ningún cabo suelto y cogió su coche y se marchó desde Milán hasta Berna para presenciar la final. De hecho, se sentó relativamente cerca del banquillo que ocupaba Enrique Orizaola.

Nada más terminar el partido, Herrera montó a Suárez en su coche y se lo llevó directamente a Milán. Sin duda, la etapa de Luis Suárez como culé no pudo terminar de forma más triste ni abrupta.

Algunos compañeros comentaron años después que Suárez jugó aquel partido muy presionado. Quizá demasiado para brillar y destacar como lo había hecho hasta entonces.

EL PRESIDENTE QUE SALVÓ LA VIDA

A aquella tarde de Berna de 1961 no le faltaron emociones. Durante la segunda parte, con el Benfica por delante en el marcador y el Barça tratando de forma desesperada de voltear la situación, el corazón del presidente del conjunto luso dijo basta.

El máximo mandatario portugués, Mauricio Vieira de Brito, sufrió un ataque al corazón y tuvo que ser atendido en la camilla del vestuario del Benfica, donde milagrosamente salvó la vida.

Cuando terminó el choque y los jugadores portugueses entraron en la caseta, vieron a su presidente tumbado en la camilla con los ojos cerrados. En un intento por darle aire, Coluna, autor del decisivo tercer gol, se quitó la camiseta y trató de abanicarle. Entonces, observó cómo Vieira de Brito abría los ojos ante la incredulidad de todos y comenzaba a dar gracias a Dios por haber vivido lo suficiente para ver a su equipo campeón y tocar esa copa. Mauricio Vieira todavía tendría tiempo de vivir el resto de gloriosos años de 'Las Águilas” hasta su fallecimiento en 1975. Fue, por cierto, el presidente que negó a Guttmann el aumento de sueldo que desembocó en la maldición que aún no ha superado el cuadro portugués.