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Rodulfo, el vendido Manzo

El 21 de junio de 1978 Argentina alcanzó la final de 'su' Mundial tras golear a Perú. Necesitaba cuatro goles y marcó seis. Casi 40 años después, la sospecha sigue señalando al partido que dejó marcados a muchos. Especialmente a un central peruano del que pocos tenían referencia antes de aquel fatídico día.
Enrique Marqués -
Rodulfo, el vendido Manzo
Rodulfo, el vendido Manzo

El 21 de junio de 1978 concluyó la participación de la selección peruana en el Mundial de Argentina. Se despidió con una goleada que aún duele en todo el país como las cicatrices que nunca curan. Fue aquel partido del 6-0 ante Argentina. Aquel que permitió a la escuadra de Menotti colarse en ‘su’ final y dejar fuera a Brasil por diferencia de goles. Aquel que aún hace bajar la cabeza a los peruanos y a muchos argentinos. Aquel que motivó que Holanda se negara a recoger el trofeo de subcampeón tras la final como protesta.

Para poner al día a los que nunca os hayáis enfrentado a esta historia, baste decir que Argentina, para pasar a la final, necesitaba imponerse por cuatro goles a Perú, equipo que había sido la gran revelación del campeonato con Cubillas, Oblitas y el gran Chumpitaz. A falta de cuatro, Argentina hizo seis y, de ser necesarios, podía haber hecho cien.

El técnico peruano, Marcos Calderón, realizó cambios que pocos comprendieron -incluso hizo debutar a ‘Cucurucho’ Rojas como lateral-, dando como resultado que el mismo equipo que había maravillado al mundo derrotando a Escocia o empatando con Holanda se deshiciera como un azucarillo de forma más que sospechosa.

Tres décadas después, la FIFA estuvo a punto de retirar el título al equipo albiceleste cuando el senador peruano Genaro Ledesma, preso político por aquel entonces en Argentina, reconoció haber sido liberado por la Junta Militar de Videla a cambio de la derrota del cuadro andino en aquel partido y otros pequeños acuerdos.

Sospecha, por cierto, que sólo venía a añadirse a lo reconocido por el sobrino del capo del cartel de Cali, Fernando Mondragón, que relató en su libro “El hijo del Ajedrecista” que el cartel pagó una gran cantidad de dinero para comprar esa derrota.

Completando el cuadro, aún faltaría explicar la intrigante visita del propio Videla –acompañado de Henry Kissinger- al vestuario peruano antes y después del partido, y encontrar el motivo real por el que la dictadura argentina obsequió, dos semanas después del encuentro, y de forma espontánea, con un buque cargado de trigo a la Junta Militar que gobernaba Perú.

El 21 de junio de 1978 concluyó la participación de la selección peruana en el Mundial de Argentina. Se despidió con una goleada que aún duele en todo el país como las cicatrices que nunca curan. Fue aquel partido del 6-0 ante Argentina. Aquel que permitió a la escuadra de Menotti colarse en ‘su’ final y dejar fuera a Brasil por diferencia de goles. Aquel que aún hace bajar la cabeza a los peruanos y a muchos argentinos. Aquel que motivó que Holanda se negara a recoger el trofeo de subcampeón tras la final como protesta.

Para poner al día a los que nunca os hayáis enfrentado a esta historia, baste decir que Argentina, para pasar a la final, necesitaba imponerse por cuatro goles a Perú, equipo que había sido la gran revelación del campeonato con Cubillas, Oblitas y el gran Chumpitaz. A falta de cuatro, Argentina hizo seis y, de ser necesarios, podía haber hecho cien.

El técnico peruano, Marcos Calderón, realizó cambios que pocos comprendieron -incluso hizo debutar a ‘Cucurucho’ Rojas como lateral-, dando como resultado que el mismo equipo que había maravillado al mundo derrotando a Escocia o empatando con Holanda se deshiciera como un azucarillo de forma más que sospechosa.

Tres décadas después, la FIFA estuvo a punto de retirar el título al equipo albiceleste cuando el senador peruano Genaro Ledesma, preso político por aquel entonces en Argentina, reconoció haber sido liberado por la Junta Militar de Videla a cambio de la derrota del cuadro andino en aquel partido y otros pequeños acuerdos.

Sospecha, por cierto, que sólo venía a añadirse a lo reconocido por el sobrino del capo del cartel de Cali, Fernando Mondragón, que relató en su libro “El hijo del Ajedrecista” que el cartel pagó una gran cantidad de dinero para comprar esa derrota.

Completando el cuadro, aún faltaría explicar la intrigante visita del propio Videla –acompañado de Henry Kissinger- al vestuario peruano antes y después del partido, y encontrar el motivo real por el que la dictadura argentina obsequió, dos semanas después del encuentro, y de forma espontánea, con un buque cargado de trigo a la Junta Militar que gobernaba Perú.

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SOSPECHAS INTERNAS

Sea como fuere, nada hizo tanto daño a la imagen del equipo peruano como las acusaciones entre los propios jugadores. Según se fueron conociendo los detalles que rodearon el partido, las sospechas se hicieron insoportables.

En un principio, todos los ojos se centraron en el portero, Ramón Quiroga. Básicamente porque era argentino de nacimiento. Su origen pasó pronto a ser anécdota cuando se supo que varios jugadores, entre ellos los más importantes, habían pedido al técnico que no alineara a Quiroga. ¿Por qué? ¿Qué temían Oblitas, Chumpitaz y compañía para pedirle al seleccionador que no sacara al portero titular? Calderón hizo caso omiso y corrió el riesgo de situar a un argentino para tratar de impedir que Argentina alcanzara la final del Mundial que organizaba y que la Junta Militar había convertido en causa nacional.

Un repaso a las imágenes dejan claro que el portero no mostró pasividad alguna. Al menos no de forma tan inequívoca como para señalarle con rotundidad. Además, Oblitas, uno de los hombres con mayor peso específico, salió al paso para asegurar que “sólo” pondría la mano en el fuego por Quiroga Así, el imaginario colectivo tardó poco en aparcar al guardameta para buscar responsables con mayor pinta de culpables.

Es aquí cuando aparecieron los defensas como principales señalados, y entre todos ellos, uno: Rodulfo Manzo. Nacido en San Luis de Cañete –a 140 km de Lima- en junio de 1949, Manzo era el ‘otro’ central. Vivía bajo la alargadísima sombra de Chumpitaz. Pertenecía a Deportivo Municipal, muy alejado del glamour de Sporting Cristal o Alianza Lima. Manzo era grande, fuerte y bruto, algo imprescindible para el 90% de los centrales de la época. Tuvo una cierta relevancia durante 1972 y 1973, manteniendo en los años siguientes el tono suficiente como para seguir de pareja de Chumpitaz en el combinado nacional, con el que llegó a disputar 22 partidos.

Rodulfo fue titular todo el Mundial, pero ese día muchos se extrañaron de su falta de contundencia. Apareció, por tanto, como el candidato ideal para cargar con la culpa y, como estaba cantado, nadie desaprovechó la ocasión para que lo hiciera: ni la prensa ni sus compañeros.

Realmente no se le pudo achacar ninguna acción concreta que motivara tan graves acusaciones, aunque antes de que se pudiera dar cuenta, había sido nombrado culpable oficial del cuarto gol argentino y de varios pecados menores de presunta dejadez. Si se necesitaban cargos para mandarlo al patíbulo popular, el cuarto gol serviría.

Pero lo peor fue lo que le llegó desde dentro del vestuario. Varios integrantes destacados de la selección sospecharon de él. Ya no se trataba de la prensa o del público. Era peor. Eran sus compañeros los que le señalaban. Como Quiroga, que 'sentenció' a Manzo al afirmar que “se agachó en el cuarto gol en lugar de despejar”. Tiempo más tarde trascendería que durante el descanso, con 2-0 para Argentina, tres jugadores, incluyendo Oblitas, pidieron a Calderón que quitara a Manzo porque “no paraba a nadie”.

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La humillación que sintió la afición peruana fue terrible. La selección fue recibida en el aeropuerto Jorge Chávez con multitud de insultos de todo tipo entre los que destacaba uno: 'Vendepatrias'. No hubo pruebas para ir más allá, así que la llama del escándalo se fue apagando para quedar en una permanente y consolidada sensación de que eso no había sido limpio.

Pasado el Mundial, Manzo, que nunca había jugado en ninguno de los equipos poderosos de Perú, sorprendió a todos fichando por Vélez Sarsfield. Aquello reabrió la dolorosa herida y le volvió a situar en la picota. La lectura generalizada fue que se trataba de un pago por los “servicios prestados”.

Tan acorralado estaba Manzo, que protagonizó un hecho insólito realizando un desmentido oficial para decir que no había cobrado dinero alguno. Lo hizo solo y sin respaldo de sus compañeros de selección, lo que le hizo incluso aparecer como más culpable. Tiempo después reconocería aquel episodio como uno de sus grandes errores. Para colmo, el tosco central cañetano casi no jugó en Vélez -tres partidos, concretamente-, lo que agravó la sospecha. No había tregua para 'El Vendido'. ¿Quién entiende que se fiche a un extranjero que viene de jugar un Mundial para apenas utilizarlo?

LA PRESUNTA CONFESIÓN

El último golpe a su maltrecha imagen llegó cuando comenzó a correr como la pólvora el rumor de que, durante una ‘noche de tragos’ con uno de los masajistas de Vélez, Manzo no pudo más y confesó que aquella derrota ante Argentina fue a cambio de dinero.

Rodulfo salió muy dañado de Vélez. Sin prestigio y sin gloria deportiva, intentó volver a Perú, pero las puertas ya estaban cerradas, teniendo que buscar acomodo en el extranjero. Y no fue fácil. Su hoja de servicios sólo le alcanzó para recalar en un equipo menor, sobre todo comparándolo con Vélez: el Emelec de Guayaquil. La Empresa Eléctrica de Ecuador le dio cobijo un tiempo, pero Manzo ya no estaba para jugar al máximo nivel. En su caída, pasó a la liga venezolana, donde tampoco triunfó.Cansado de dar tumbos, Manzo volvió a Perú, al Juventud La Palma de Huacho, donde se retiró.

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Puede afirmarse que el central peruano terminó sus días como futbolista de élite tras aquel nefasto partido del Mundial'78. Argentina se catapultó a la gloria a costa de la humillación peruana y de la ruina deportiva de Rodulfo Manzo, un central casi anónimo hasta entonces. Treinta y siete años después, lo único cierto es que nadie jamás pudo aportar una sola prueba de su culpabilidad, aunque eso ya posiblemente de igual. Desde el 21 de junio de 1978 se le conoce como 'El Vendido' Manzo, el futbolista que fue juzgado, condenado y sentenciado por una afición y varios de sus compañeros que nunca quisieron creer que Argentina ganara limpiamente ese partido.

A día de hoy el asunto sigue despertando acalorados debates e incluso son muchos los que esperan que, el día menos pensado, salte a la escena pública la prueba que demuestre que, efectivamente, hubo algunos ‘vendepatrias’ en ese maravilloso Perú de 1978.

Perú, de rojo

Otra de las curiosidades del partido fue que la selección peruana vistiera de rojo –usando su segunda equipación- y no con el tradicional blanco con franja cruzada. Las informaciones que se manejaron ‘off the record’ antes del encuentro relataron que se trató de una petición expresa del seleccionador Marcos Calderón para “evitar así pasar vergüenza con la blanquiroja”

LA VISITA DE VIDELA

De todas las irregularidades que acompañaron al partido, quizá la más extravagante fue la visita del líder de la Junta Militar argentina al vestuario peruano tanto antes como después del partido. Jugadores como Oblitas, aún años después, no daban crédito al comportamiento tan inhabitual del dictador argentino. Sin duda, lo más pintoresco es que, en una de las visitas, entró en el vestuario de su rival –ante el que se jugaba el futuro- acompañado del Secretario de Estado de EEUU, Henry Kissinger.

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